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  Lona, J. L.: UN PROYECTO DE LEY QUE RECHAZA LA NATURALEZA HUMANA
    17 de Junio de 2010
 

 

Un proyecto de ley que rechaza la naturaleza humana sólo puede ser destructivo

Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis (17 de junio de 2010)

 

 

El respeto por la realidad.

Todo el progreso tecnológico que vivimos se apoya en el respeto por la realidad de la naturaleza material, que estudian las ciencias propiamente llamadas experimentales. Todo el avance científico se basa en ese respeto por la realidad que se está investigando. No se puede inventar que el plomo sea oro.

Nuestra naturaleza humana no puede ser conocida de la misma manera, pero las ciencias humanas solo merecen ese nombre cuando respetan la realidad del ser humano, y aceptan el hecho evidente de que somos personas individuales de igual dignidad, pero existimos en la complementariedad y reciprocidad de ser distintos, como varón y como mujer.

Solo así, podemos seguir existiendo. Parejas del mismo sexo jamás podrán tener descendencia por sí mismas. Merecen el respeto que se debe a la dignidad de toda persona humana, pero nunca podrán ser el origen de una verdadera familia humana. Nunca podrán ser constituidos en verdadero matrimonio, con los mismos derechos y obligaciones de la unión matrimonial entre un varón y una mujer. Cualquier proyecto de ley que se lo proponga, simplemente desprecia la realidad de la naturaleza humana, y desprecia especialmente al ser humano niño en su derecho a tener papá y mamá.

Podrán decirnos que ya hay siete países que han aceptado estos contrasentidos, y también seis jurisdicciones de la cincuentena que componen los Estados Unidos, pero eso no es motivo para que los argentinos hagamos lo mismo.

La destrucción de la realidad humana, y de la familia matrimonial.

Cuando el ser humano no respeta su propia realidad, comienza inevitablemente a destruirla a nivel social, y a autodestruirse, a nivel individual. Ningún animal puede hacer eso, pero nosotros sí. Tenemos una inteligencia y un querer libre que nos hacen parecidos a Dios, pero si usamos nuestra libertad y nuestra inteligencia en contra de nuestra realidad, nos pondremos en contra de Dios y de nosotros mismos.

Lo comprobamos en muchas dolorosas situaciones de nuestro tiempo, y lo comprobamos también en el proceso destructivo que ha sufrido la familia matrimonial en estas últimas décadas. Hace un poco menos de 30 años, Juan Pablo II nos estimulaba a valorar esa familia matrimonial y a superar los peligros que la amenazaban: “¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!” (1). Pero los poderes del mundo tenían un plan muy distinto.

Comenzó a imponerse autoritariamente en las reuniones preparatorias de la Conferencia de El Cairo sobre Población y Desarrollo, en 1.994. Lo denunció el Cardenal López Trujillo, testigo presencial: “fue una posición cerrada, inconmovible, el evitar a toda costa el uso del término matrimonio”. Era la manifestación “un proyecto cultural y político, concertado”, en que “la familia, fundada sobre el matrimonio, es caricaturizada como un atentado contra un amor sin ataduras, confundido con el placer sexual” (O. Romano, 21-5-94).

Ese año 1.994 había sido declarado por las Naciones Unidas, “Año Internacional de la Familia”, y el Papa Juan Pablo II se preguntó si no sería en realidad “un año contra la familia”, manifestando su “dolorosa sorpresa” ante la propuesta oficial de “una concepción de la sexualidad totalmente individualista, en la medida en que el matrimonio aparece como algo superado” y que deja “la amarga impresión de querer imponer un estilo de vida típico de las sociedades secularizadas, en que “la entrega desinteresada de sí mismo, el control de los instintos y el sentido de la responsabilidad son considerados nociones pertenecientes a otra época.” (O. Romano 08-04-94 y 22-04-94).

Desde entonces han pasado 16 años. En la Argentina las uniones matrimoniales han descendido por lo menos a la mitad. Pero sobre las que quedan, se sostiene la Patria. Necesitamos entonces, más que nunca, defenderlas.

Las imposibilidades del matrimonio gay.[1]

El proyecto de Ley se fundamenta en que no hay ninguna diferencia entre la unión duradera de dos personas del mismo sexo, y la unión duradera de un varón y una mujer.

Hemos aludido antes al tema de la falta de descendencia propia, y ahora nos referiremos al tema de la fidelidad. Sigue siendo, también en el nuevo proyecto de ley, requisito para la unión matrimonial. Su contraparte, el adulterio, sigue siendo la primera causal de separación personal, y de divorcio vincular.

Creemos que es un tema que debe dilucidarse en base a los hechos, debidamente documentados. Al respecto, existe un gran documento histórico. Es el libro de Randy Shilts, un periodista de San Francisco que a través de 1.200 páginas describe minuciosa y objetivamente los primeros años de la epidemia de SIDA en esa ciudad de California, donde la población homosexual era muy numerosa (2). La  enfermedad producía terribles estragos, por la vinculación que había entre el contagio y las prácticas sexuales extremadamente promiscuas a que estaban habituados. Dos dirigentes que habían defendido durante muchos años los derechos de los gays intentaron modificar esa situación para que pudieran salvar sus vidas. Fueron repudiados masivamente, como “fascistas sexuales”, que habían traicionado “el estilo de vida gay”. Un estudio de la misma epoca, de carácter científico, verificó también que la población gay prefería morir antes que abandonar sus hábitos de promiscuidad (3).

Actualmente, los fármacos antivirales permiten eludir aquel riesgo mortal, pero la promiscuidad gay sigue siendo en todo el mundo un hecho generalizado. Existen parejas fieles, pero son la excepción y no la regla.   

Desde luego, queda la posibilidad de eliminar también la fidelidad de nuestro Código Civil, pero entonces la caricatura del matrimonio sería demasiado burlesca.

El porqué del proyecto de matrimonio del mismo sexo

Lo anterior deja una incógnita. La “cultura homosexual” nunca incluyó entre sus aspiraciones el matrimonio y la formación de una familia estable. Por el contrario, se caracterizó por la ausencia de compromisos vinculantes y por la máxima variabilidad de encuentros sexuales, en una búsqueda nunca saciada.

¿Porqué ahora nos encontramos con este cambio de actitud, en la última década?.

Debemos aclarar aquí que el término “homosexual” comprende situaciones muy diferenciadas. Como  tendencia al trato sexual con el mismo sexo puede ser rechazada, y con la asistencia y psicoterapia adecuada, ser vencida o muy atenuada en sus efectos, en aproximadamente un tercio de los casos.

Por otra parte, la entrega habitual a actos homosexuales, no implica necesariamente el activismo y la participación en lobbies o grupos de presión que tengan objetivos de poder político. Pero estos grupos pueden desarrollarse hasta alcanzar una gran influencia, a nivel nacional e internacional. Es un hecho claramente demostrado.

El  trámite que está siguiendo la aprobación de la actual propuesta legislativa, nos hace ver la posibilidad del uso político de las leyes antidiscriminatorias por parte de un grupo de presión homosexual, en procura de una modificación del sistema jurídico argentino, con vastas consecuencias morales y socioculturales.

Si fuera aprobado ese proyecto de ley, el prestigio del matrimonio como institución caería aun más. Si todo es matrimonio, nada es matrimonio. Se iría perdiendo cada vez más, el “capital social” que es la familia matrimonial, reserva fundamental de nuestra sociedad.

Se legitimaría socialmente el desorden natural de la homosexualidad. Dado el carácter pedagógico de la ley, “maestra de las costumbres”, constituiría un importante medio para la ideologización de todos los actores de la sociedad. (Proceso ya avanzado en los medios de comunicación).

No solo impactaría en los contenidos de la educación sexual primaria y secundaria. También en el ámbito universitario se producirían cambios. El Derecho de Familia, el Derecho Previsional, la Historia, la Sociología y la Antropología, tendrían su relectura desde la sanción de la nueva ley. Ya no sería un cambio basado en reflejos afectivos, sino que se produciría una modificación en la matriz intelectual de muchos egresados universitarios.

Avanzando sobre la ley penal antidiscriminatoria, se buscaría silenciar las voces que se opongan a la hegemonía de la visión cultural favorable a la homosexualidad. Se instalaría así una especie de “macartismo”, denunciador de homófobos en todas partes.

En el último debate de la Comisión de Legislación General del Senado, uno de los expositores afirmó que el Congreso “está legislando a espaldas del pueblo” porque “ningún partido político incluyó el tema en su plataforma electoral, y a la sociedad no se la ha consultado al respecto”.

Cabría la posibilidad de consultarla, pero hasta ahora, la propuesta de algunos legisladores de convocar a un plebiscito, ha sido sistemáticamente rechazada. ¿Porqué?.

Es una pregunta que merecería ser contestada.

San Luis, 17 de junio de 2010.

+Mons. Jorge Luis Lona

Obispo de San Luis

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1) Juan Pablo II, “Familiaris Consortio”, nº 86, 22-11-81

2) Randy Shilts, “Y la banda siguió tocando”, 1988 (trad. castellana B.S.A Ed., Barcelona, con el título “En el filo de la duda”.

3) W. H. Masters, V.E. Johnson, “El sexo en los tiempos del SIDA”, 1988 B.S.A. Ed. Barcelona.