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  MARINO, A.: ENCUENTRO DE JÓVENES POR LA VIDA
    12 de Octubre de 2003
 

 

ENCUENTRO DE JÓVENES POR LA VIDA

 

 

Homilía de Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata en la misa de clausura, Catedral de La Plata, domingo 12 de octubre de 2003

 

 

¡Muy queridos jóvenes y queridos hermanos en el Señor! Dejemos que resuenen al comienzo de esta Misa las palabras de Jesús: “Yo he venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia” (Juan 10, 10).

 

 

Con la Eucaristía de esta tarde culmina este maravilloso Encuentro de jóvenes por la vida, que durante dos días los ha convocado para la reflexión y la búsqueda de metas y acciones concretas en defensa de la vida y de la familia.

 

 

Acaban de recorrer las calles más céntricas de esta ciudad de La Plata, participando de una Marcha por la vida, que no vacilo en calificar de glorioso signo testimonial ante una sociedad que mediante leyes aberrantes corre el riesgo de caer en la oscuridad del sinsentido, situación que el papa actual ha calificado de “noche ética” de nuestros tiempos.

 

 

Ustedes no han venido tanto a lamentarse cuanto a construir un futuro distinto, mediante un perseverante trabajo cotidiano, que implica una generosa amplitud de miras, conocimiento e información adecuados, sólida preparación doctrinal, y la humildad de los pequeños pasos. Han venido a proclamar, con la fuerza del compromiso, que no todo está perdido cuando la juventud, iluminada por el sol de la verdad, despierta y levanta la bandera de la recta razón que se opone al subjetivismo egoísta. No todo está perdido cuando aparece el emblema del heroísmo como única salida a los problemas más profundos del ser humano. No todo está perdido cuando se embraza el escudo de la libertad verdadera que sabe remontar la corriente de la mentalidad difundida por la presión asfixiante de los medios de comunicación social.

 

 

Se han reunido para mostrar que es mentira que nada puede hacerse ante la invasión masiva de una anticultura impuesta desde los poderes rectores de la sociedad; poderes que deberían estar al servicio de la promoción de la auténtica noción de familia, de la defensa del valor inviolable de la vida humana, desde el primer instante de la concepción hasta la muerte acontecida cuando Dios y la naturaleza lo disponen. Esos mismos poderes generadores de anticultura no deben encontrarnos pasivos cuando tergiversan el significado de la verdadera educación para el amor, de la genuina promoción de la mujer y de la proclamación de los auténticos derechos humanos.

 

 

En sustitución de estos valores –ustedes bien lo saben– se pretende introducir eufemismos tales como “uniones civiles”, “salud reproductiva”, “código de convivencia” y muchos otros por el estilo, que constituyen una burla al sentido común y un disfraz para ocultar un permisivismo moral legalizado, profundamente destructor de los valores fundantes de la vida en comunidad. Estas nuevas concepciones que buscan legitimidad, no son ajenas al influjo sutil y tiránico de poderes internacionales que condicionan buena parte del mundo contemporáneo, y ante los cuales van claudicando los diversos países. El ocaso de la verdad objetiva, a través de leyes positivas manifiestamente contrarias a la ley natural, es también el ocaso del hombre y de la sociedad.

 

 

Somos discípulos de aquel que dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14, 6), y también: “El que es de la verdad escucha mi voz” (Juan 18, 37). Queremos llamar a las cosas por su nombre. ¡Basta de eufemismos! Queremos quitar la máscara a una cultura de la muerte, disfrazada en el aborto, en la política antinatalista y en la eutanasia. Deseamos nombrar a las enfermedades y aberraciones como tales, sin que por ello se nos acuse de discriminar a nadie. La verdad no discrimina, sino que esclarece y sana al individuo y a la sociedad, poniéndonos en el único camino acertado, el de la dignidad del hombre, aunque ésta tenga el precio del heroísmo y del inevitable sufrimiento personal. Nos oponemos a la alineación del derecho de los padres a educar a sus hijos en el sentido verdadero de la vida y de la sexualidad.

 

 

Siguiendo las huellas de Jesucristo y de los Apóstoles, somos profundamente respetuosos de las leyes, de las autoridades y de los poderes públicos. Pero del mismo Señor y de los Apóstoles hemos aprendido que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5, 29; cf. 4, 19). Pedro y Juan nos dieron claro ejemplo al preferir dejarse flagelar por el nombre de Jesús, antes que callar la verdad. No aceptamos llamar ley a cualquier formalidad jurídica que abiertamente contradiga los códigos naturales puestos por el Creador, ni tampoco llamamos derecho a la reivindicación de una libertad irrestricta, cuando está de por medio la vida del inocente o la tutela de la moral pública.

 

 

En muchos medios de comunicación quieren hacernos creer que los católicos buscamos imponer al resto de la sociedad nuestras creencias religiosas. Muchos desearían que guardásemos en el interior de nuestras conciencias o de nuestros templos nuestras convicciones sobre la familia, el don de la vida y el sentido de la sexualidad.

 

 

Ante esto respondemos que “no matar”, así como “no robar”, “no mentir”, “no fornicar” y otros preceptos semejantes, pertenecen, ante todo, a la ley natural y son valores fundantes de nuestra cultura. El cristiano tiene razones de sobra para vivirlos, razones de más para defenderlos, pero pisa el mismo terreno común a todos los hombres en su búsqueda de dignidad y de sentido, y se compromete como quien más en la defensa de la vida, de la justicia, del derecho al trabajo y al salario digno, de la verdad, de la honestidad de las costumbres; en una palabra, en la defensa de un auténtico humanismo, entendido como promoción de la verdad objetiva sobre el hombre.

 

 

De este modo, si un cristiano, fiel a este nombre, no roba, ni mata, ni miente, ni se entrega al libertinaje, y si se opone a que otros lo hagan, no es tan sólo en nombre de la revelación divina cumplida en Jesucristo, ni sólo por la ofensa infligida a Dios al quebrantar el orden por él establecido en la naturaleza misma de las cosas. Sus opciones morales encuentran fundamento en la dignidad de la persona y en la defensa de los mismos derechos humanos, paradojalmente tan declamados hoy en los discursos y tan enarbolados como bandera, pero tan negados en los hechos y en las leyes de su nombre eufemístico y mentiroso que se pretende imponer en la sociedad, y que implican su más aberrante contradicción.

 

 

La marcha por la vida y las jornadas de reflexión convergen ahora en el ofrecimiento del memorial del santo sacrificio redentor, con el que Jesucristo dio su vida para salvarnos. En el banquete eucarístico encuentran ustedes la fuente y la culminación de la vida humana con vocación de trascendencia y de eternidad. “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed... El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna y yo lo resucitaré en el último día... Yo he venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia” (Juan 6, 34.54; 10, 10). Él es el auténtico maestro de la verdad sobre el hombre y la fuente de su libertad; en él podemos saciar nuestros más profundos anhelos de una vida en plenitud: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres... Por eso, si el Hijo los libera, ustedes serán realmente libres” (Juan 8, 31.36).

 

 

Dirigiéndose a jóvenes como ustedes, Juan el Apóstol decía: “Jóvenes, les he escrito porque son fuertes, y la Palabra de Dios permanece en ustedes, y ustedes han vencido al Maligno” (1 Juan 2, 14). También yo quiero decirles: queridos chicos y chicas, ¡sean fuertes en la lucha por la castidad! Muestren con sus vidas la belleza del cristianismo. ¡Es posible mantener la pureza del cuerpo y del alma contando con el auxilio de la gracia de Cristo, alcanzada en la meditación de las enseñanzas de Jesús, en la oración y en los sacramentos! Dejen habitar en sus corazones la Palabra de Dios como luz de la existencia, y así vencerán al Maligno que intenta seducirlos con sus mentiras y atractivos.

 

 

Muy queridos jóvenes, pongan sus vidas bajo el amparo maternal de aquella mujer que es la Madre de la Vida por excelencia, la Santísima Virgen María, espejo de belleza inmaculada, en cuyas entrañas virginales, por obra del Espíritu Santo, se formó el “Autor de la Vida” (Hechos 3, 15), a quien sirvió con fidelidad desde la Anunciación hasta la Cruz.

 

Ustedes son la esperanza de la Iglesia y de la patria. Sean lo que deben ser: ¡luz del mundo y sal de la tierra! Sin desánimo ante la sabiduría mentirosa del mundo. Sin claudicar ante los que creen ser sabios y no lo son. Demuestren que no hay vida plena y feliz sin capacidad de abnegación y sacrificio, sin el combate cotidiano, propio del que elige el camino de Jesús, quien nos ha dicho: “Entren por la puerta estrecha porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran” (Mateo 7, 13).

 

 

Y así, luego de haber transitado por los senderos verdaderos que conducen a la Vida, tras la peregrinación por esta tierra, sentirán un gozo desbordante e incomparable, pues se cumplirán plenamente las palabras de Jesús transmitidas en el Apocalipsis de San Juan: “Al vencedor, le daré de comer del árbol de la vida, que se encuentra en el Paraíso de Dios” (Apocalipsis 2, 7).

 

 

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata