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  Brunelli, L.: HUMANAE VITAE: LA ENCÍCLICA QUE DIVIDIÓ AL MUNDO
    24 de Abril de 2014
 

                       HUMANAE VITAE: LA ENCÍCLICA QUE DIVIDIÓ AL MUNDO    

            Lucio Brunelli

 

Este año se cumple el 30º aniversario de la publicación, por parte de S.S. Pablo VI, de la Carta Encíclica Humanae Vitae , cuya promulgación suscitó una inimaginable ola de protestas y oposiciones a escala mundial, de parte de quienes 'están siempre impacientes por adaptar incluso el contenido de la fe, la ética cristiana, la liturgia, la organización eclesial a los cambios de mentalidades, a las exigencias del «mundo»... Tienen la obsesión de «avanzar», pero, ¿hacia qué «progreso» en definitiva?' [1] Presentamos un artículo publicado en la revista Esquiú (Buenos Aires, 24/7/1988, pp. 30-35), que describe las innumerables presiones que se ejercieron contra Pablo VI y contra la aceptación de este importante documento pontificio.

 

Esta es la historia de una encíclica que cambió de un plumazo, o casi, la imagen y la atmósfera de un pontificado. Pablo VI 1a promulgó el 25 de julio hace veinte años mientras por todo el mundo se propagaba como un reguero de pólvora la contestación estudiantil. El tema de la encíclica era el amor conyugal y sostenía que la unión íntima entre un hombre y una mujer para ser verdadera, es decir, en correspondencia con la naturaleza humana, debía estar siempre abierta a la fecundación. Desde luego se negaba con ello el uso de la píldora. Significaba asimismo decir no a cualquier intento de política de 'control de natalidad' que el imperialismo norteamericano procuraba imponer en aquellos años a las naciones pobres del Tercer Mundo. Como todas las encíclicas tomó su nombre de las palabras iniciales: 'Humanae vitae...'.

 

Apenas su contenido fue conocido sucedió algo jamás visto en la historia de la Iglesia. Era el 29 de julio. Pocas horas después de que monseñor Vaillano había convocado a los periodistas en la sala de prensa vaticana unos veinte teólogos de la Universidad Católica de Washington redactaban la primera declaración pública de protesta. El inspirador de la manifestación era un catedrático joven y combativo de nombre Charles Curran. En un abrir y cerrar de ojos la suscribieron más de seiscientos teólogos norteamericanos. No pasó mucho tiempo y les tocó el turno a los médicos y capellanes de la Universidad católica de Lille (Francia), que dirigieron una carta abierta a La Croix. El 5 de setiembre el Katholikentag divulga las dudas y perplejidades de los católicos alemanes. El 19 de setiembre una asamblea de eminentes teólogos europeos reunidos en Amsterdam elabora un comunicado oficial para denunciar el presunto carácter anticonciliar de la Humanae Vitae. Pero las contestaciones no se detuvieron en los círculos de intelectuales. En enero de 1969 la Iglesia holandesa al completo, es decir, reunida en 'Concilio pastoral', expresaba su solidaridad con los 'muchos católicos, creyentes íntegros y competentes, que no consideran que sea justo la condena (al uso de anticonceptivos) y que por tanto la rebaten con argumentos sólidos'.

 

Encíclica y convivencia.

 

Más de una declaración colectiva de los distintos Episcopados nacionales dejó espacio a los fieles para que éstos expresaran sus juicios sobre la conveniencia de las razones aducidas en la encíclica. Así pues, se les otorgaba a los fieles el 'derecho' (voz registrada por el Episcopado belga) o al menos la 'posibilidad' (expresión más prudente empleada por el Episcopado austríaco), de seguir los dictados de la propia conciencia.

 

Por otro lado, no constituía ningún misterio el hecho de que en las altas esferas vaticanas el malestar por la decisión que había tomado Pablo VI se acrecentaba con el correr del tiempo. L'Observer del 4 de agosto podía dar a conocer -sin temor a ninguna desmentida- la noticia de que en los últimos meses 'al menos tres cardenales -Suenens, de Malinas, Bruselas; Doepfner, de Munich, y König, de Viena- habían invitado al Pontífice a no proseguir en su decisión'. Toda esta historia le deparaba a la prensa laicista un gustillo muy particular. 'Esta encíclica -comentó sarcásticamente The Economist - no es fruto de la infalibilidad pontificia sino más bien del aislamiento pontificio'. Por su parte, Walter Dirks en el Frankfurter Hefte llegaba al extremo de definir la Humanae Vitae 'un caso único en la historia del papado moderno, pues el Pontífice, que debería ser el árbitro y garante de la unidad católica, se ha puesto en contra a toda la Iglesia'. No cabe duda de que se trataba de una exageración periodística, pero que cobraba vida de una realidad verdaderamente amarga. Jean Guitton, fiel amigo y confidente de Pablo VI en aquellos años, definió los dramáticos acontecimientos de julio de 1968 como 'la gran prueba' del pontificado. Alude a la Humanae Vitae como a una 'línea divisoria' y un cambio de rumbo' en los quince años que duró el papado montiniano. Y concluye con esta referencia: 'Quien desee comprender a Pablo VI deberá -no tengo ninguna duda a este propósito- reflexionar sobre esta etapa de transición. El prestigio, la popularidad, el afecto y todos los apoyos sensibles que ayudan a afrontar la soledad que nace del poder habían disminuido para el Papa. Pablo VI no pudo menos que advertir claramente esta realidad'.

 

¿Por qué la encíclica?

 

A pesar de todo Pablo VI era un hombre de gran inteligencia. Su formación intelectual le permitía estar abierto a la modernidad. ¿Por qué, entonces, eligió someterse a esta especie de juicio sumario moral? (Es útil recordar que la élite liberal masónica de 1800 reservó un comportamiento semejante al Syllabus de Pío IX). ¿Valía la pena en verdad tocar un argumento aparentemente secundario como la anticoncepción? ¿No habría sido mucho mejor dar crédito al consejo de uno de los expertos del Santo Oficio, el redentorista Jan Visser?

 

En efecto, éste sostenía que escribir una encíclica contra la píldora era algo así como 'disparar con un cañón a un mosquito'. Pero al fin y al cabo, ¿era tan sólo cuestión de anticonceptivos? ¿O el Pontífice había comenzado a sospechar que no sólo la moral sino también los mismos fundamentos doctrinales de la estructura eclesial oscilaban peligrosamente y por tanto era preciso intervenir con urgencia? Louis Selleron, en Le Monde del 6 de agosto, optaba por esta última explicación. Relacionaba la Humanae Vitae con el Credo que Pablo VI había profesado el 29 de junio de 1968, exactamente un mes antes de la publicación de la encíclica. L'Espresso en Italia intentó montar un auténtico 'proceso contra Pablo VI'.

 

Historia y circunstancias.

 

Juan XXIII en sus últimos meses de vida había creado una comisión especial para estudiar y profundizar la respuesta de la Iglesia a las cuestiones que planteaba la comercialización de la nueva píldora Pincus . Asimismo era de competencia de dicha comisión examinar el problema del aumento de la población mundial. Eran tiempos en que una muy bien organizada campaña de prensa manipulaba en todo el mundo el espectro de la 'explosión demográfica'. Se pregonaba aquí y allá que sus consecuencias eran más terribles que las de la bomba atómica.

 

Algunas potentes fundaciones norteamericanas habían comenzado a financiar investigaciones y proyectos tendientes a convencer a los gobiernos de las naciones del Tercer Mundo para que adoptaran enérgicas medidas políticas de 'planificación familiar'. Los argumentos con los que salían al paso eran obviamente de tipo 'humanitario', como por ejemplo el de limitar el número de bocas hambrientas. Pero a los diversos observadores latinoamericanos no se les pasaba por alto el carácter geopolítico que ocultaba el 'interés' de las múltiples Rockfeller Foundations por la cuestión social. El presidente Lyndon Johnson había explicado crudamente a la asamblea de las Naciones Unidas el 25 de junio de 1965 la lógica de las nuevas políticas demográficas: 'Es mucho más remunerativo invertir cinco dólares en el control de la natalidad que emplear cien dólares en favorecer el desarrollo económico'.

 

América Latina, Africa y Asia comenzaban de este modo a ser invadidas por profilácticos y píldoras made in USA. Pablo VI, siempre atento a las nuevas problemáticas de la ciencia, cuando fue elegido Papa confirmó enseguida la comisión que había nacido por iniciativa de su predecesor y amplió gradualmente sus horizontes. En abril de 1964 llamó a formar parte de ella a cinco de los más renombrados teólogos moralistas de la época: Joseph Fuchs, alemán y Marcelino Zalba, español, ambos jesuitas y catedráticos en la Pontificia Universidad Gregoriana, Jan Visser, holandés, y Bernard Häring, alemán, los dos redentoristas y catedráticos, respectivamente, en la Pontificia Universidad Urbaniana y en la Academia Alfonsiana, y Pierre de Locht, belga, consejero teológico del cardenal Leo Suenens.

 

'Al comienzo -recuerda hoy el padre Zalba- había bastante uniformidad en los puntos de vista'. Con el andar del tiempo, sin embargo, la discusión sobre el carácter lícito o no de los nuevos métodos de anticoncepción se hizo cada vez más encendida. En concomitancia, por una parte, con el aumento continuo de los expertos -y de las opiniones- invitados a incorporarse en las varias comisiones cuyos miembros llegaron a ser setenta y cinco en junio de 1966 entre obispos, teólogos, médicos, demógrafos y matrimonios cristianos. Por la otra, en relación con la creciente presión externa impuesta por los medios de comunicación social. En efecto algunos comenzaron a objetar que la píldora planteaba un tipo de problema del todo nuevo respecto a los anticonceptivos tradicionales que Pío XI había condenado sin medios términos con la Casti Connubi en l930. A diferencia de los anticonceptivos la píldora no interfería visiblemente en la 'mecánica' del acto conyugal, que en consecuencia conservaba su carácter 'natural'. Se limitaba a intervenir, y sólo temporáneamente, en la ovulación de la mujer. ¿Qué diferencia había desde el punto de vista moral con el recurso a los métodos naturales que había aprobado Pío XII?

 

La diferencia existía y residía -respondían los defensores de la doctrina tradicional- en que el método de la 'temperatura' no alteraba artificialmente los ritmos biológicos de la fecundidad femenina sino que permitía a los esposos 'aprovechar' el conocimiento de las leyes de la naturaleza. El punto teológico en el cual se centraba la discusión era el llamado 'principio de totalidad'.

 

Se pretendía con esta argucia eludir el obstáculo constituido por la doctrina tradicional para la cual cada uno de los actos conyugales debe estar 'abierto' a la procreación. La doctrina sostenía asimismo que la vida matrimonial considerada en su globalidad era garantía suficiente de semejante apertura. Según un número considerable de testimonios el hecho que desequilibró los platillos de la balanza a favor de los promotores del 'principio de totalidad' fue la 'conversión' del profesor Fuchs. Este, tras un período en el que había obrado con suma prudencia, confesó que ya no podía continuar enseñando la doctrina tradicional desde su cátedra en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. El episodio causó naturalmente una fuerte impresión: Fuchs era una de las personalidades de mayor renombre que formaban parte de la comisión pontificia.

 

El tema en el Concilio.

 

Los Padres conciliares, mientras tanto, discutían la misma temática del amor conyugal en el esquema nº 13, que después llevaría por título Gaudium et Spes. El 23 de noviembre de 1965 Pablo VI debía intervenir personalmente para corregir algunas formulaciones en materia de anticoncepción que se prestaban a interpretaciones ambiguas. Los Padres conciliares precisaban en la redacción final del documento conciliar -en la famosa nota nº 14- que el Pontífice se reserva el derecho de tomar cualquier decisión ulterior sobre los asuntos tratados, confiando a una comisión especial la tarea de proporcionarle documentos y elementos de juicio para una reflexión no sólo de carácter moral sino también científico. La responsabilidad de los expertos que él mismo había designado se acrecentaba en el preciso momento en que los teólogos que defendían la doctrina 'tradicional' se habían convertido en minoría. En 1966 un grupo de dieciséis obispos fueron llamados a tomar parte en la comisión pontificia. Entre ellos se contaban siete cardenales: Ottaviani (prefecto del Santo Oficio), Suenens (de Malinas, Bélgica), Doepfner (de Munich, Alemania), Heenan (de Westminster, Inglaterra), Gracias (de Bombay, India), Lefebvre (de Bourges, Francia) y Shehan (de Baltimore, Estados Unidos). Todos ellos participaron en la última y decisiva reunión de la comisión que tuvo lugar el 20 de junio en el Pontificio Colegio Español de Roma. El único ausente fue el arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, que había sido convocado por el Papa. El Gobierno polaco no le había concedido 1a autorización para viajar a Roma. Después de seis días de ásperos debates se optaba por someter a votación las diversas posiciones. La pregunta se planteaba en estos términos: ¿debe ser considerada la anticoncepción 'intrínsecamente mala'? En la comisión pontificia responden negativamente Doepfner, Suenens, Shehan, Lefebvre, Dearden, Dupuy, Méndez, Reuss y Zoa. Se abstienen Heenan, Gracias y Binz. Votan afirmativamente sólo Ottaviani, Morris y Colombo, obispo y teólogo de confianza de Pablo VI. Entre los teólogos la diferencia es aún más notoria: once votos negativos contra cuatro afirmativos. Un veredicto que no dejaba lugar a objeción alguna. (...) Colombo, semiparalizado a causa de la enfermedad y la vejez, recuerda con lucidez aquel día, una herida abierta que aún duele: '¡Si las autoridades polacas hubieran dejado salir a Wojtyla! -da rienda suelta a sus sentimientos-. Después de todo, uno de aquellos nueve, pero no quiero decir quién, al poco tiempo se echó atrás, cambió de parecer'. Habla como quien pretende volver al pasado, a aquel pasado turbulento del 23 de junio de 1968, y modificar el curso de la historia.

 

Dos años dramáticos.

 

Ya a fines de 1966 hubo quienes cayeron en la cuenta de que el Papa no iba a aceptar las conclusiones a las que había llegado la comisión pontificia. Se verificó entonces un episodio verdaderamente penoso. Algunos miembros de la 'mayoría' se pusieron a manipular la publicación, a través de los medios de prensa, de los documentos conclusivos de la comisión que eran de carácter reservado. Se trató de uno de los más clamorosos scoop, pero a la vez de uno de los más tristes en la historia del periodismo católico. Lo llevó a cabo el National Catholic Reporter, seguido por el Tablet. Todo el mundo sabía ahora que la comisión nombrada por Pablo VI había llegado a conclusiones que modificaban la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la anticoncepción. ¿Cómo podía contrariar el Papa el parecer de los expertos que él mismo había escogido y a quienes se había confiado para tener un conocimiento mayor en materia tan delicada?

 

Los dos años que separan la votación en el Colegio Español de la publicación de la encíclica se cuentan entre los más dramáticos del entero pontificado de Pablo VI. 'No hemos sentido nunca como ahora en esta coyuntura el peso de nuestro oficio', confía Pablo VI a los fieles el 31 de julio de 1968, dos días después de la publicación de la Humanae Vitae. Cómo se desarrolló y quiénes tomaron parte en el proceso de redacción de la encíclica son interrogantes para los cuales los estudiosos no han hallado aún la respuesta.

 

El proceso de la encíclica.

 

El belga Jan Grootners ha intentado realizar una reconstrucción histórica del proceso que desembocó en la elaboración de la encíclica. Y ha sacado esta conclusión: varias comisiones secretas independientes entre sí que fueron establecidas a fines de 1966, habrían proporcionado al Papa un primer documento-base para la reflexión. En la redacción final, en cambio, habrían desempeñado un papel fundamental el obispo Carlo Colombo y el teólogo francés Gustave Martelet (precisamente el Papa durante la alocución ya citada del 31 de julio de 1968 invitó a meditar sobre los escritos que Martelet había dedicado al tema del matrimonio).

 

Sea como sea, el dato más atendible es que el Papa se valió de la aportación de varios expertos. En una primera fase -nos lo confirma el interesado- se intentó valorar la opinión de Josef Fuchs, el exponente teológico más competente entre quienes constituían la 'mayoría'. Fue convocado igualmente el padre Jan Visser, quien tras afirmar enseguida que no consideraba oportuno publicar la encíclica, regresó a Holanda. La contribución del franciscano Ermenegildo Lio, catedrático de Teología moral en la Universidad Lateranense y experto de confianza del cardenal Ottaviani, fue inestimable.

 

Se le solicitó que presentara al Papa un estudio particularizado sobre algunas cuestiones fundamentales de la encíclica, tarea que llevó a cabo con extrema diligencia. Hay que mencionar asimismo la colaboración prestada por el padre Marcelino Zalba, miembro de la 'minoría'. Después de numerosos 'interrogatorios' hemos logrado arrancarle una pequeña confesión: fue él quien realizó la traducción al latín del texto pontificio junto con un italiano de la Secretaría de Estado. También el teólogo del Papa, Carlo Colombo -no era un moralista pero tenía las ideas muy en claro sobre la materia en cuestión- se niega a hablar del asunto. Al fin, como queriendo evitar ser descortés, dice: 'La encíclica pasó por dos redacciones principales. La primera en italiano y la segunda en francés. Monseñor Paul Poupard, entonces jefe de la sección francesa de la Secretaría de Estado, colaboró significativamente supervisando la redacción en francés'.

 

Reacciones positivas.

 

Pese a todo hubo quienes se alegraron con las palabras tan severas del Papa: los católicos latinoamericanos. 'La población de nuestro continente, pero también la africana y la asiática -comentó el 29 de septiembre de 1968 Hélder Cámara, el célebre obispo brasileño-, se habría atragantado muy pronto con las píldoras anticonceptivas si Pablo VI no hubiera escrito esta encíclica'.

 

Veinte años después del evento de la Humanae Vitae, William May, Catedrático de Teología Moral en la Catholic University of America, uno de los firmantes de una declaración contra la encíclica, reconoce:

 

'En 1968 fui uno de 109 firmantes de la declaración de disentimiento de la Humanae Vitae hecha circular en la Catholic University of America en Washington. Muchos en aquel entonces me felicitaron por mi «coraje» e «inteligencia». Pero hoy estoy arrepentido de aquella decisión.

 

Cuando suscribí el documento no creía que habría podido poner en práctica la anticoncepción. Por otra parte, tampoco mi esposa, una mujer muy valiente, me lo habría permitido. Pero me encontraba confundido intelectualmente. Había seguido con atención el debate sobre la contraconcepción de la década del '60 y había quedado impresionado por los argumentos de aquella época -eran ya avanzados- para justificar la anticoncepción. En especial me había impresionado uno de ellos: la distinción entre vida conyugal considerada en su totalidad -debía estar abierta a la fecundidad- y cada uno de los actos de la vida matrimonial. El razonamiento, aunque no me convencía del todo, me impulsaba a preguntarme si la contraconcepción podía ser moralmente justa en determinadas circunstancias. Además conocía a muchas personas estupendas que amaban a los niños a pesar de que ponían en práctica la contraconcepción.

 

Pero había otra razón por la cual me decidí a firmar el documento. Muchas de las personas que ya lo habían firmado gozaban de óptima reputación y también yo quería situarme entre ellas, quería entrar en la élite de los «iluminados», los valientes y libres pensadores del catolicismo. En aquel período trabajaba en el ámbito editorial y estaba siempre en búsqueda de nuevos autores y libros que reflejaran la «teología del futuro».

 

Claro que comencé a arrepentirme casi inmediatamente. En octubre de 1968 nacía nuestro sexto hijo, una niña, Susie. Durante esos días me encontraba leyendo The Biological Time Bomb , libro que mostraba claramente las consecuencias que se derivan de separar la dimensión unitiva de la procreativa en el amor conyugal. Comenzaba a notar que si la contra-concepción era justificable entonces debía justificarse también la inseminación artificial, la fertilización in vitro y todas las «técnicas» reproductivas que prescinden del acto conyugal.

 

Al año siguiente llegué a la conclusión de que los argumentos usados para respaldar la contra-concepción podrían amparar también todo tipo de comportamiento sexual. En 1970 tuve la confirmación de este pensamiento cuando se editó el libro de Michael Valnt Sex: the radical view of a catholic theologian, que defendía incluso la homosexualidad.

 

Transcurrió un nuevo año y comencé a enseñar Ética cristiana en la universidad. Por lo tanto me sentí obligado a profundizar estas reflexiones en su ámbito rigurosamente teórico. De este modo comprendí la fragilidad evidente del argumento a favor de la contra-concepción que pretendía sustentarse en la distinción entre vida conyugal en su totalidad y actos individuales. En el mismo texto de la Humanae Vitae encontré el mejor contra-argumento. En el parágrafo nº 13 se lee: «Todo acto conyugal impuesto al cónyuge sin tener en cuenta la condición o los legítimos deseos del otro no constituye un verdadero acto de amor y niega, en consecuencia, una exigencia del recto orden moral en la relación entre los esposos». ¡Qué gran verdad! Y pese a ello no dejamos de considerar el llamado «principio de totalidad». ¿No se lo podría invocar para justificar cada una de las relaciones sexuales no respetuosas de los «deseos legítimos» de uno de los esposos, aún cuando la vida matrimonial entendida en su totalidad los respete? Puede parecer ridículo, y sin embargo, éste era precisamente el argumento empleado por los teólogos que disentían para destruir el poder maravilloso de dar la vida, y de darla en un acto de amor.

 

Así comprendí que las teorías morales inventadas para legitimar la contra-concepción podían ser manipuladas con objeto de justifícar todo tipo de acción conforme a una lógica utilitaria que rechaza la noción misma de actos «intrínsecamente malos». Sólo entonces pude apreciar la decisión profética del Papa al cual, providencialmente, le había sido dada la fuerza para resistir las tremendas presiones del ambiente que le rodeaba'.

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[1] Juan Pablo II, Alocución a la Conferencia Episcopal de Francia en el seminario Issy-les-Moulineax, 1º de junio de 1980; L'Osservatore Romano (ed. española), 8/6/1980, p. 13.

 

Tomado de http://www.foromoral.com.ar/respuesta.asp?id=136 el 31-08-13