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  CIPRIANI, J. L.: HOMILÍA EN LA IGLESIA DE LAS NAZARENAS
    28 de Octubre de 2006
 

Homilía del Señor Cardenal Juan Luis Cipriani en la Iglesia de las Nazarenas
28 de octubre del 2006

Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Quiero saludar al señor Nuncio Apostólico, representante del Santo Padre Benedicto XVI, que acaba de regresar a Lima, y que como todos los años quiere acompañar en este día al Señor de los Milagros. Bienvenido señor Nuncio y siempre este pueblo está unido al magisterio, a las intenciones, y a todas las enseñanzas del Papa.

Muy queridos hermanos sacerdotes, que hoy me están acompañando en esta concelebración eucarística, le pido siempre al Señor de los Milagros que los acompañe para que a la medida del corazón de Cristo seamos verdaderamente fieles sacerdotes entregados totalmente a su Iglesia.

Como un don, como un regalo que Dios le hace a la humanidad, están los sacerdotes que entregan su vida entera, su corazón, su trabajo completo; y para que esto sea realidad, el sacerdote necesita de la oración de su pueblo, el apoyo de todos ustedes. El sacerdote en su comunidad es el mismo Cristo, no sólo un animador, una buena persona, un entusiasta: es Cristo.

Por eso, los animo siempre a que respeten a sus sacerdotes, a que recen por ellos y los ayuden para que sean fieles a ese deber sagrado que Jesús nos ha encomendado. Que siempre el Señor de los Milagros esté junto a sus sacerdotes. Y a todos los religiosos, religiosas, que en diferentes caminos de enseñanza, de ayuda a los más pobres, de asistencia espiritual, de vida contemplativa, que dedican su vida entera fundamentalmente a amar a Dios en la oración. De esa vida de oración brotan muchas obras de caridad, de ayuda a los pobres, de enseñanza; pero todas ellas son consecuencia, no el fin. El fin es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Hermanos, a todos ustedes fieles bautizados, hijos de Dios que hoy se han reunido en esta Eucaristía y que a lo largo del día van a acompañar al Señor de los Milagros y que vienen con el corazón lleno de esperanza, de peticiones, que vienen con esa enorme fe, los saludo en ese amor del Señor de los Milagros para que realmente hoy en nuestros corazones haga milagros.

El Papa Benedicto XVI nos dice un pensamiento que nos puede ayudar mucho justamente en esta procesión, nos dice que “no comenzamos a ser cristianos, a ser hijos de Dios por una decisión ética, sino que comenzamos a ser hijos de Dios por el encuentro con un acontecimiento, por el encuentro con una persona que da un nuevo horizonte a la vida; y por eso una orientación decisiva”.

Hermanos, toda esta multitud donde cada uno tiene nombre y apellido propio delante del Señor de los Milagros, y es único e irrepetible. Cada uno de nosotros, ahora tiene esa posibilidad, contemplar el rostro del Señor de los Milagros y lo hacemos mirando en silencio al interior de nuestro corazón. Ese es el espejo donde puedes encontrar el rostro del Señor de los Milagros. No te extrañe que al mirar dentro de tu corazón, en el silencio de tu contemplación pidiéndole al Señor de los Milagros que te ayude: ¿Qué encuentras en tu corazón?: pecados, egoísmos, preocupaciones, cosas que hay que cambiar, no por una decisión ética: ¡No!. Porque el Señor de los Milagros, ¡Jesús!, toca las puertas de tu corazón y te dice: te espero ¡conviértete!. Deja el pecado.

En la cruz, Jesús le dice a su Padre: Padre, ¿porqué me has abandonado?. No es un grito desesperado cuando ve que su Padre por amor lo entrega a la muerte. En ese ofrecimiento de la muerte real, dolorosa, Jesús siente la soledad, esa soledad que también está presente en el corazón cuando uno no cumple sus deberes.

Da pena contemplar ese frío de una familia que no reza unida, de unos padres e hijos que no se quieren como deben. El demonio que se mete como en su casa para llenarnos de malos pensamientos, odios, envidias. Hoy queremos decirle al Señor, unidos al Señor de los Milagros: ¡Tanto nos amas, Tú nos salvas!. Por eso estamos aquí.

Dice San Mateo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Esta seguridad que tenemos todos aquí y que en tantos lugares del mundo acompañan a la Iglesia hace dos mil años. Hace dos mil años que vamos por el mundo luchando con la tranquilidad de que el Señor nos acompaña todos los días, hasta el fin del mundo.

Hoy de manera especial, Jesús nos acompañará todo el día cuando a su paso visite hospitales, calles y todos los rincones para estar con nosotros. ¡Abre tu corazón!.

Cuando el apóstol Pedro hablaba a una multitud –decían- como de tres mil personas, del Espíritu Santo, de la salvación, de Jesús, qué dijeron sus discípulos: Pedro, ¿qué vamos a hacer?. Con toda esta maravilla del Señor que está con nosotros, es una pregunta que yo me hago y que se las hago a ustedes.

En primer lugar, vamos a vivir la vida en Cristo, vamos a conocerlo más, vamos a mirarlo, vamos a vivir esa vida con Cristo. Decirle que queremos ser su hijo, su discípulo, su hermano, que queremos vivir su vida y ser cómo Él, para lo cual necesito de la gracia.

¡Jesús está aquí!. ¡La gracia de Dios, todo lo puede!. ¡Jesús sigue muriendo en cada eucaristía y entregando su cuerpo real, vivo y presente!.

El mundo de hoy se aleja de la fe, habla de Dios pero le falta creer en Dios. ¡Señor de los Milagros, haznos el milagro de creer que estás aquí presente, que participas en nuestra vida!.

Hermanos, este es un gran desafío para la Iglesia, no solamente en Lima y en el Perú, sino en el mundo. Demos testimonio, que la gente lo vea y para eso los invito a todos para una nueva acción misionera, que todos seamos apóstoles, que salgamos a las calles, a ver a los niños, a los jóvenes, a los adultos, a los enfermos; en las escuelas, en el trabajo, en el deporte, en la política, en la cultura, en las parroquias, en todos los lugares, auténticos misioneros.

No nos cansemos, la Iglesia siempre está con Cristo, es de Cristo. Decía el Papa: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. Que nos demos cuenta sin temor que la Iglesia no puede ceder a la cultura que quiere ir dominando todo, una cultura que intenta ser la cultura de todos. Esa cultura deja hoy a Dios guardado. Pues aquí está el Señor de los Milagros para pasearse por las calles de Lima y para decirle a todos: Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los siglos.

Y nadie nos debe decir que la cultura religiosa de la Iglesia debe ser una cosa personal. ¡No es verdad!. Hay que hacer lo que se debe, hay que hacer el bien. Es una civilización, hermanos, que está atacando mucho a la familia ¡recemos por las familias! Que está atacando a la vida, ¡recemos especialmente por esas criaturitas que están en el vientre de su madre!.

Que no nos vengan con mentiras, todo lo que es el aborto, toda esa medicina que dice que es ciencia y que solamente mata, cada vez con más mentiras. Que si el día antes o el día después: ¡Mentirosos, asesinos!. La vida no se toca, es sagrada.

Terminemos el día de hoy con la vista aguda mirando bien. Mira los ojos del Señor de los Milagros, Él te pide un corazón contrito y humillado para ser un buen hijo suyo.

Señor de los Milagros, como Pastor de esta Iglesia te pido que el día de hoy hagas muchos milagros de conversión, que muchos de nosotros cambiemos ese corazón para tener más alegría, para querer más a los demás, para perdonarlos, para llenarnos de la belleza que es la Iglesia. ¡Qué bonita es la vida con Cristo!, ¡Qué bonita es la familia!, ¡Qué bonita es la Eucaristía!, cuando el cuerpo de Cristo me llena de luz, de paz, de gozo.

Junto a la procesión del Señor de los Milagros que hoy recorre las calles, también tenemos la procesión de María que lo acompaña.

¿Cómo podemos tener la procesión mariana?. Muy sencillo, el rezo del santo rosario es un recorrido de los misterios de la vida de Jesús y de María. Cuando uno va recorriendo cada misterio, estamos en esa procesión, el corazón va yendo de la anunciación a la visitación, al nacimiento de Jesús, a la purificación, con nuestra mente, con nuestro corazón acompañando a nuestra Madre Santa María.

Acompaña a Jesús con la procesión de María: el rezo del santo rosario en familia.

Que Dios nos bendiga, ¡Viva el Señor de los Milagros!.