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  BENEDICTO XVI: DISCURSO A LOS OBISPOS DE BRASIL REGION NORDESTE V.
    28 de Octubre de 2010
 

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

A LOS OBISPOS DE BRASIL DE LA REGIONAL NORDESTE V, EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

 

Jueves, 28 de octubre de 2010

 

Amados Hermanos en el  Episcopado,

 

«Para vosotros, gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (2 Cor 1, 2). Deseo en primer lugar agradecer a Dios por vuestro celo y dedicación a Cristo y a  su Iglesia que crece en la Regional Nordeste 5 [cinco]. En nuestros encuentros, pude oír, de viva voz, algunos de los problemas de carácter religioso y pastoral, además de humano y social, con que debéis confrontaros diariamente.

 

El cuadro general tiene sus sombras, pero tiene también señales de esperanza, como Dom Xavier Gilles acaba de referir en el saludo que me dirigió dando libre curso a los sentimientos de todos vosotros y de vuestro pueblo.

 

Como sabéis, en los sucesivos encuentros con las diversos Regionales de la Conferencia Nacional de los Obispos del Brasil, tengo subrayado los diferentes ámbitos y los respectivos agentes del multiforme servicio  evangelizador y pastoral de la Iglesia en vuestra gran Nación; hoy deseo hablaros de como la Iglesia, en su misión de fecundar y fermentar la sociedad humana con el Evangelio, enseña al hombre  su dignidad de hijo  de Dios y  su vocación a la unión con todos  los  hombres , de las cuales se deducen las exigencias de justicia y de paz social, conforme a la sabiduría divina.

 

Entretanto, el deber inmediato de trabajar por un orden social justo es propio de los fieles laicos, que, como ciudadanos libres y responsables, se empeñan en contribuir para la recta configuración de la vida social, en el respeto de su legítima autonomía y del orden moral natural (cf. Deus caritas est, 29). Vuestro deber como Obispos junto con vuestro clero es mediato, en cuanto os compete contribuir para la purificación de la razón  y despertar las fuerzas morales necesarias para la construcción de una sociedad justa y fraterna. Cuando, sin embargo,  los  derechos fundamentales de la persona o la  salvación de las almas lo exigieran,  los  pastores tienen el grave deber de emitir un juicio moral, aún en materias políticas (cf. GS, 76).

 

Al formular esos juicios,  los  pastores deben tener en cuenta el valor absoluto de aquellos preceptos morales negativos que declaran moralmente inaceptable la elección de una determinada acción intrínsecamente incompatible con la dignidad de la persona; tal elección no puede ser rescatada por la  bondad de cualquier fin, intención, consecuencia o circunstancia. Por tanto, sería totalmente falsa e ilusoria cualquier defensa de los derechos humanos políticos, económicos y sociales que no comprendiese la enérgica defensa del derecho a la  vida desde la concepción hasta la muerte natural (cf. Christifideles laici, 38). Además de esto, en el cuadro del empeño por los más débiles y los más indefensos, ¿quien es más inerme que un niño no nacido o un enfermo en estado vegetativo o terminal? Cuando  los  proyectos políticos contemplan, abierta o veladamente, la despenalización del aborto o de la eutanasia, el ideal democrático - que sólo es verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la dignidad de toda la persona humana - es traicionado en sus bases (cf. Evangelium vitae, 74). Por tanto, queridos Hermanos en el episcopado, al defender la vida no   debemos temer la oposición y la impopularidad, recusando cualquier compromiso y ambigüedad que nos conformen con la mentalidad de este mundo» (ibidem, 82).

 

Además, para ayudar mejor a los  laicos a vivir su empeño Cristiano y socio-político de un modo unitario y coherente, es «necesaria — como os dije en Aparecida — una catequesis social y una adecuada formación en la doctrina social de la Iglesia, sendo muy útil para esto el "Compendio de la  doctrina Social de la Iglesia"» (Discurso inaugural de la V conferencia General del Episcopado Latino Americano y del Caribe, 3). Esto significa también que en determinadas ocasiones,  los  pastores deben incluso recordar a todos  los  ciudadanos el derecho, que es también un deber, de usar libremente el propio voto para la promoción del bien común (cf. GS, 75).

En este punto, política y fe se tocan. La fe tiene, sin duda ,  su naturaleza específica de encuentro con el Dios vivo, que abre nuevos horizontes mucho más allá del  ámbito propio de la razón  . «De hecho, sin la corrección ofrecida por la religión   hasta  la razón puede ser víctima de ambigüedades, como sucede cuando ella es manipulada por la ideología, o es aplicada de una manera parcial, sin tener en consideración plenamente la dignidad de la persona humana» (Viaje Apostólico al Reino Unido, Encuentro con las autoridades civiles, 17-IX-2010).

 

Sólo respetando, promoviendo y enseñando incansablemente la naturaleza trascendente de la persona humana es que una sociedad puede ser construida. Así, Dios debe «encontrar lugar también  en la esfera pública, sobretodo en las dimensiones cultural, social, económica y particularmente política» (Caritas in veritate, 56). Por eso, amados hermanos, quiero unir mi voz a la  vuestra en un vivo apelo en favor de la educación religiosa, y, más concretamente de la enseñanza confesional y plural de la religión, en la  escuela pública del Estado.

 

Querría además recordar que la presencia de símbolos religiosos en la vida pública es al mismo tiempo recuerdo de la trascendencia del hombre  y garantía de  su respeto. Estos tienen un valor particular, en el caso del  Brasil, en que la religión católica es parte integral de su historia. ¿Como no pensar en este momento en la imagen de Jesucristo con los brazos extendidos sobre la bahía de Guanabara que representa la hospitalidad y el amor con que el Brasil siempre supo abrir sus brazos a hombres  y mujeres perseguidos y necesitados provenientes de todo el mundo? Fue en esta presencia de Jesús en la vida brasileña, que ellos se integraron armónicamente en la sociedad, contribuyendo al enriquecimiento de la cultura, al crecimiento económico y al espíritu de solidariedad y libertad.

 

Amados Hermanos, confío a la  Madre de Dios y nuestra, invocada en Brasil con el título de Nuestra Señora Aparecida, estas ansias de la Iglesia Católica en la Tierra de la Santa Cruz y de todos  los  hombres  de buena  voluntad en defensa de los valores de la vida humana y de su trascendencia, junto con las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres y mujeres de la provincia eclesiástica del  Maranhão. A todos coloco bajo su materna protección, y a Vosotros y a vuestro pueblo concedo mi Bendición Apostólica.