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  BENEDICTO XVI: DISCURSO AL EMBAJADOR DE CROACIA.
    11 de Abril de 2011
 

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
FILIP VUČAK
NUEVO EMBAJADOR DE CROACIA ANTE LA SANTA SEDE

Lunes 11 de abril de 2011

 

Señor embajador:

Me alegra acogerlo en esta circunstancia solemne de la presentación de las cartas que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de Croacia ante la Santa Sede. Le agradezco las amables palabras que me ha dirigido. Por mi parte, le ruego que exprese al presidente de la República, señor Ivo Josipović, con quien he tenido el placer de encontrarme recientemente, mis mejores deseos para su persona, así como para el bienestar y la paz del pueblo croata.

El inicio de su misión coincide felizmente con el vigésimo aniversario de la independencia de Croacia. Y el año próximo se celebrará el del establecimiento de las relaciones diplomáticas entre su país y la Santa Sede. Nuestras relaciones son armoniosas y serenas. La Santa Sede ha tenido siempre una solicitud particular por Croacia. Mi lejano predecesor, el Papa León X, viendo la belleza de vuestra cultura y la profundidad de la fe de vuestros antepasados, definió a su país como el «scutum saldissimum et antemurale Christianitatis». Estos antiguos valores siguen animando a nuestros contemporáneos que, hasta hace poco, han tenido que afrontar dificultades particulares. Por ello, para fortalecer a las generaciones actuales, es preciso explicarles claramente el rico patrimonio de la historia de Croacia y de la cultura cristiana que la ha impregnado profundamente y en la que su pueblo siempre se ha apoyado en las adversidades.

He sabido con satisfacción que vuestro Parlamento ha proclamado el año en curso como «Año Bosčović». Este jesuita fue físico, astrónomo, matemático, arquitecto, filósofo y diplomático. Su existencia demuestra que es posible hacer convivir en armonía la ciencia y la fe, el servicio a la madre patria y el compromiso en la Iglesia. Este sabio cristiano dice a los jóvenes que es posible realizarse en la sociedad actual y ser feliz en ella siendo creyentes. Por otro lado, los monumentos y los innumerables crucifijos diseminados por su país son la demostración clara de esta feliz simbiosis. Viendo esta armonía, los jóvenes estarán orgullosos de su país, de su historia y de su fe, y se sentirán cada vez más herederos de un tesoro que ahora les corresponde a ellos hacer fructificar.

Pronto Croacia se integrará plenamente en la Unión Europea. La Santa Sede no puede sino alegrarse de que la familia europea se complete acogiendo a Estados que históricamente forman parte de ella. Esta integración, señor embajador, deberá llevarse a cabo en el pleno respeto de las especificidades de Croacia, de su vida religiosa y de su cultura. Sería ilusorio querer renegar de la propia identidad para adherirse a otra, que ha nacido en circunstancias muy diferentes de las que han visto nacer y formarse la de Croacia. Entrando en la Unión Europea, su país no será solamente receptor de un sistema económico y jurídico que tiene sus ventajas y sus límites, sino que igualmente podrá aportar una contribución propia y típicamente croata. No ha de tener miedo de reivindicar con determinación el respeto de su propia historia y de su propia identidad religiosa y cultural. Algunas voces amargadas niegan con sorprendente regularidad la realidad de las raíces religiosas europeas. Se ha puesto de moda sufrir de amnesia y negar las evidencias históricas. Afirmar que Europa no tiene raíces cristianas equivale a pretender que un hombre pueda vivir sin oxígeno y sin alimento. No hay que avergonzarse de recordar y sostener la verdad negando, si es necesario, lo que es contrario a ella. Estoy seguro de que su país sabrá defender su identidad con convicción y con sano orgullo, evitando los nuevos obstáculos que se presentan y que, bajo el pretexto de una libertad religiosa mal entendida, son contrarios al derecho natural, a la familia y, más sencillamente, a la moral.

Quiero expresar también mi satisfacción por el interés manifestado por su país para que los croatas en Bosnia y Herzegovina puedan desempeñar el papel que les corresponde como uno de los tres pueblos constitutivos del país. Constato igualmente que, en el deseo de paz y de sana colaboración con los países de vuestra región geopolítica, Croacia no deja de aportar su especificidad para facilitar el diálogo y el entendimiento entre pueblos que tienen tradiciones diferentes, pero que conviven desde hace siglos. Os animo a proseguir por este camino, que consolidará la paz en el respeto de cada uno. Incluso dentro de vuestras fronteras nacionales, los cuatro Acuerdos firmados por su país y la Santa Sede permiten, respetando las propias especificidades, discutir sobre temas de interés común. Será necesario proseguir en esta dirección por el bien de ambas partes. Me alegra constatar que Croacia promueve la libertad religiosa y respeta la misión específica de la Iglesia.

Por todas estas razones, señor embajador, estoy profundamente contento de poder visitar su país dentro de algunas semanas. Mi predecesor, el venerado Juan Pablo II, lo hizo tres veces, y también yo, cuando estaba a cargo de un dicasterio romano, fui varias veces. He aceptado de buen grado la invitación de las autoridades croatas y la de los obispos de su noble país. Como sabe, el tema elegido para el viaje será: «Juntos en Cristo». Precisamente deseo festejar junto con su pueblo. Juntos, a pesar de las innumerables diferencias humanas; juntos, con estas diferencias. Y esto en Cristo, que ha acompañado al pueblo croata durante siglos con bondad y misericordia. Por él deseo animar a su país y también a la Iglesia que está entre vosotros y con vosotros. La Iglesia que acompaña, con la misma solicitud de Cristo, el destino y el camino de su nación desde sus orígenes. En esta feliz circunstancia también quiero saludar con afecto a los obispos y los fieles de la Iglesia católica en Croacia.

En el momento en que comienza su noble tarea de representación ante la Santa Sede, le dirijo, señor embajador, mis mejores deseos para el buen desempeño de su misión. Tenga la seguridad de que encontrará siempre entre mis colaboradores la acogida y la comprensión que pueda necesitar. Encomendando a su país a la protección de la Madre de Dios, Nuestra Señora de Marija Bistrica, y a la intercesión del beato Luis Stepinac, invoco de todo corazón la abundancia de las bendiciones divinas para usted, excelencia, para su familia y sus colaboradores, y para todo el pueblo croata y sus dirigentes.

 

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